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viernes, 22 de junio de 2012

Una superación extremadamente detallada

Portada de '127 horas' (Foto: Indicios)
Lo reconozco. He tenido que tirar de toda mi fuerza de voluntad (que a día de hoy se sitúa entre nula y escasa) para terminar de una vez 127 horas, el libro de Aron Ralston en el que narra su angustiosa situación en un cañón de Utah, con una enorme roca aprisionándole parte del brazo. De no haber sido por Danny Boyle y su adaptación al cine con el somnoliento James Franco de protagonista, difícilmente hubiera llegado a España la historia de este montañero, así que estamos ante una rara avis (primero llegó la película y posteriormente el libro a través de la editorial Indicios).

Lo fácil resultaría situar a Ralston en la categoría de héroe, y en cierto modo lo es, tanto por su resistencia física como por las agallas que implica el amputarse un brazo sin anestesia y con desesperación. A través de sus más de trescientas páginas, en 127 horas se ve que Ralston es un aficionado obsesivo de la aventura, con unos conocimientos muy avanzados, lo que hace que el lenguaje técnico que utiliza se complique bastante para aquellos que nos gusta la montaña para el picnic y algún paseo esporádico.

El libro tiene una doble estructura paralela, en la cual se van desgranando la excursión que lo llevó al fatal accidente y su biografía por otro lado, con amistades, otras expediciones, etc. Los apasionados de la montaña lo disfrutarán, porque si hay algo que transmite es su amor por la misma, con un despliegue casi enciclopédico de todo el material necesario para ser un aventurero con todas las de la ley.

Resulta sorprendente que en una situación como la que Ralston padeció, este haya sido capaz de reconstruir cada pequeño momento de aquellos días con total precisión (los horarios, los materiales, los objetos que había en su vehículo en el momento de dejarlo), por lo que llega un momento en el que uno se pregunta hasta qué punto está reflejada la realidad tal cual y dónde están los elementos de ficción (tiene que haberlos, o de lo contrario Ralston sería un genio histórico de la memoria eidética). 

Aceptando esta premisa, la reconstrucción minuto a minuto, como si de un documental se tratara, de la movilización de todos sus amigos y familiares a lo largo y ancho de los EEUU y la actuación de los equipos de salvamento del parque natural en el que se encontraba sí parecen, en cierto modo, exagerados, lo que resta en más de una ocasión verosimilitud al libro. Desde luego, lo que parece claro al 100%, es que este libro solo se podría haber escrito en los EEUU, con los ingredientes de heroísmo anónimo que tanto gustan por allí.

No juzgo la obra de Ralston desde la incredulidad absoluta, pero sí cabe reprochar el exceso en el que cae constantemente, tanto por los tecnicismos como por la precisión. Recordar al dedillo todas y cada una de sus alucinaciones provocadas por un estado físico al borde de la muerte y ponerlas negro sobre blanco es algo que resulta difícil de asumir para alguien que se enfrente al libro con un mínimo de rigor. Esos niveles de épica y detalle quedan mejor en libros como La Ilíada. Seré insensible.

jueves, 5 de abril de 2012

Mata pierde influencia


El Chelsea ha decidido volver a los orígenes. Siete entrenadores después, Roman Abramovich no ha encontrado nada de su agrado y ha decidido retomar la filosofía de José Mourinho, basada en darle toda la responsabilidad sobre el césped a la vieja guardia. Frank Lampard, John Terry, Petr Cech, Mickael Essien y Didier Drogba siguen teniendo un cheque en blanco en Stamford Bridge y lo demostraron al forzar el cese de André Villas-Boas.

Ben Sutherland
 Con la marcha del portugués se ha optado por una solución temporal en la figura de Roberto di Matteo, que es consciente de su condición de interino hasta que termine la temporada. El concepto futbolístico de Villas-Boas ha quedado como papel mojado, y uno de los jugadores que más se beneficiaba de él era Juan Mata. El ex jugador del Valencia tenía encandilada a media Premier con su fútbol de salón en los tres cuartos del campo. Su papel se asemejaba al de Silva en el Manchester City: sobre la pizarra, una posición; sobre el césped, vía libre para la fantasía.

Con la marcha de Villas-Boas, Roberto di Matteo tiene una orden muy clara, lograr resultados. El cómo ha dejado de ser protagonista en detrimento del cuánto, y el burgalés lo está pagando. Dejar a un talento como Mata en el banquillo es una jugada peligrosa teniendo en cuenta que el público está bastante entregado a su nuevo '10', pero la pérdida de peso específico del internacional español es patente partido tras partido.

 Los analistas de la Premier ya han dejado patente que el balón pasa poco por el centro del campo blue, en el que Mikel o Essien junto a Lampard tienen ya más que asumida su función. Esto hace que las alas (Ramires, Kalou, Malouda, etc.) acaparen casi todo el protagonismo ofensivo del equipo, surtiendo de balones a los delanteros Drogba y Torres. Di Matteo está empeñado en dejar algo de legado a pesar de su condición temporal en el banquillo, y quiere que ese legado sea el de recuperar a uno de los delanteros más caros de la historia del fútbol. No va mal encaminado en esa labor, pero dejar a Mata como segundo punta con los deberes de un delantero más no está dejando buenas sensaciones. La prueba está en los constantes fueras de juego en los que cayó el burgalés en el partido de vuelta ante el Benfica.

Con poca frescura mental, el Chelsea se ha plantado nuevamente en las semifinales de la Champions League. El Nápoles pecó de novato con una ventaja de 3-1 y el Benfica cayó en la precipitación de jugar a la uruguaya, dejando de lado la técnica. Seis tarjetas amarillas y una expulsión solo en la primera parte son la mejor muestra de que jugar con el corazón no funciona en una competición tan traicionera como la Champions, en la que el Chelsea suele manejarse bien. Cosas de la veteranía.