Secciones

sábado, 21 de mayo de 2011

Respuestas para Pablo


Ayer, en la Capilla del Oidor de Alcalá de Henares, volvieron a juntarse centenares de personas para expresar sus deseos de cambios hacia una democracia más verdadera y justa. Hubo propuestas y exposiciones de todo tipo de personas: estudiantes, campesinos, jubilados... Pero hubo una intervención que sobresalió entre todas.

Pablo, con tan solo 10 años, se preguntó -y nos preguntó- en voz alta lo siguiente: "Nos decís que los niños somos el futuro, pero... ¿de qué?". Para empezar, Pablo no es futuro, sino presente. A los 10 años, cualquier estudiante de Primaria tiene un nivel de inglés superior al de la gran mayoría de políticos que en estos momentos ocupan los altos cargos, imaginemos entonces dentro de 20 años lo que Pablo podrá hacer.

Todos los que formamos esta sociedad tenemos ahora la tarea más importante de todas: definir lo que va a ser nuestro futuro. Es difícil y no cambiaremos, pero desde el mismo lunes tiene que comenzar el movimiento de verdad, comenzar a andar un largo camino complicado pero ilusionante.

En esta última semana hemos sentado las bases de una juventud cabreada con el statu quo. A partir del lunes, una vez se ha comprobado que los cimientos son más que sólidos y pueden aguantar, es cuando hay que comenzar a caminar.

No es fácil que se escuche a los ciudadanos, pero para empezar, disponemos de un arma -pequeña, sí- que tendremos que utilizar: las iniciativas legislativas populares (ILP). Se necesitan 500.000 firmas para llevar al Congreso de los Diputados cualquier demanda que la sociedad tenga. No parece complicado entonces reunir ese mínimo para exigir una remodelación del sistema electoral que tenemos en la actualidad.

Se nos invita a votar cada cuatro años, sí, pero votamos unas listas cerradas que cada grupo ha cerrado sin consultar al exterior. ¿Qué ocurre con esto? Que se impide votar a los políticos según su valía. Si en unas listas municipales, el político más comprometido y honrado está en el número 7, el ciudadano no puede hacer nada para promocionarlo y darle la responsabilidad que se mereciera. Antes hay que dársela a los seis que tiene delante, sin posibilidad de elegir. No parece tan descabellado pedir listas abiertas, ¿verdad?

En otros países se hacen referéndum cada dos por tres, para que el pueblo decida sobre las leyes que les van a afectar. Creo que la incomodidad de acudir regularmente a las urnas para tener decisión sobre lo que nos va a acaecer en nuestro día a día compensa con creces un periodo de cuatro años de decisiones a espaldas de la gente tomadas por aquellos que estaban en unas listas que nosotros no hemos elegido.

La sociedad es suficientemente madura para saber cómo elegir, tomar las fuentes de información que crea necesarias para su formación, y en función de ello, votar en consecuencia. ¿Que hay un importante sector de la sociedad que quiere vivir en la desinformación y la ignorancia? Sí, pero no por eso hay que privar al resto de tomar decisiones. ¿Acaso algún ciudadano griego o irlandés ha votado en las urnas la elección de Jean-Claude Trichet como presidente del Banco Central Europeo? Y aquí en España, ¿alguien ha acudido a algún colegio electoral para que Herman van Rompuy sea el presidente del Consejo Europeo? No. Sin embargo, sus decisiones tienen repercusiones, y muy importantes, sobre el destino de este país, y del de Portugal, Francia, Italia, Hungría, Eslovaquia, Malta, etc.

Son solo unas pequeñas muestras de lo que podemos hacer en el futuro. De lo que Pablo y todos nosotros podemos hacer continuando con esta brutal demostración de orden público que estamos llevando a cabo en toda la geografía española, teniendo repercusión en todo el mundo. Pero no podemos pensar en el futuro, tenemos que actuar en el presente.

domingo, 15 de mayo de 2011

Lorca y L'Aquila


Qué mala suerte han tenido los lorquinos. La desgracia del terremoto ha caído justo en plena campaña electoral, cuando los colmillos políticos están especialmente afilados, mucho más de lo habitual. El seísmo del pasado miércoles recuerda terriblemente al que sufrió la pequeña localidad italiana de L'Aquila hace dos años.

Por aquel entonces, Berlusconi tiró de repertorio para hacerse la foto con los aquilani. Ahora, aun habiendo hecho el intento de parecer decentes con ese amago de suspender la campaña al menos durante 24 horas, la cabra siempre tira al monte, y han aparecido fotografías y declaraciones desde el lugar de la catástrofe haciendo ver lo buenos que son todos, sean del color que sean, y lo preocupados que están por la gente y sus problemas diarios.

En L'Aquila se llegó al tremendo esperpento de organizar una gran cumbre de políticos a nivel mundial. No parece, ni se espera, que el G-20 pasee sus garras por Lorca, pero tampoco parece que, más allá del esfuerzo de las primeras horas, los afectados vayan a tener verdadera ayuda.

Me cuesta imaginar que los bancos tengan la intención de perdonar la hipoteca a aquellas familias que se han quedado sin casa. Mucho menos si los arquitectos han señalado sus inmuebles con colores verde y amarillo, señal de que aún se podrá vivir en ellos. También me cuesta imaginar que se promuevan las viviendas de protección oficial para aquellos que no puedan refugiarse en Murcia, Águilas o Cartagena, pero esto se irá conociendo cuando pasen meses, y Lorca ya habrá vuelto a desaparecer de la sección Nacional de todos los periódicos.

Ya ha pasado una semana, y la campaña tomará nuevamente la velocidad de crucero del "y tú más" que tanto echábamos de menos. Los detalles irán menguando y las crónicas catastróficas irán fundiéndose en el olvido. En L'Aquila se quejan del olvido que han tenido los políticos después de haberse hecho la foto en la cumbre de marras, y en Lorca sucederá más pronto que tarde (si apenas hay crónicas desde Libia o Bahréin, y lo de Japón ya es historia, imaginen cuándo olvidaremos esto). Lo primordial, imagino, será reconstruir ese campanario que tuvo la suerte de caer en directo (cuanto más impactante, más atractivo, dicen). No estaría mal tampoco, una vez salvada la casa del todopoderoso, salvar aquellas posibles sedes bancarias afectadas, no vaya a ser que tengan que cobrar recibos un poco más tarde.

Sería interesante pasar dentro de uno o dos meses por esta pequeña localidad murciana, cuando ya no haya partidos amistosos de los generosísimos clubes de fútbol, que de populismo también entienden un rato. Convendría entrevistar a esas familias que ahora sí aparecen en los telediarios diciendo lo majos que son los servicios de emergencia que tan rápido y tan bien están trabajando; y preguntarles cuáles son sus perspectivas de futuro. Aunque claro, cuando esos dos meses pasen, los políticos ya tendrán su futuro asegurado tras las elecciones, y pegarse un viaje al sureste del país solo por mero interés filantrópico tampoco es plan.

domingo, 1 de mayo de 2011

Vergüenza


Esta semana he sentido vergüenza hasta en tres ocasiones. Primero, como hispanohablante; segundo, como periodista; y tercero, como persona con inquietudes. Hasta tres Premios Cervantes han ocupado la portada de la sección cultural de los periódicos en España esta semana: un chileno, una española y un argentino. Lamentablemente, por mis manos no ha pasado ningún libro de Gonzalo Rojas, ni de Ana María Matute, ni de Ernesto Sábato.

Los dos escritores sudamericanos han fallecido esta semana; y la española ha recogido el tercer Premio Cervantes femenino desde que en 1976 se instaurara. Eso sí, con unos días de retraso para que los políticos pudieran apurar sus vacaciones, cargándole la responsabilidad a la agenda real (¿De verdad el Rey no tenía hueco el 23 de abril para una cita a la que siempre ha acudido y de la que se conoce su fecha desde que ejerce como tal?).

Leyendo las loas de otros compañeros escritores, he descubierto que Gonzalo Rojas venía a ser el sucesor de Pablo Neruda en la poesía chilena; y que Ernesto Sábato ha sido una de las figuras más comprometidas con la historia de Argentina en el siglo pasado. También se ha podido comprobar de primera mano el cariño que todo el mundo cultural aquí en España profesa a Ana María Matute y sus cuentos, resaltando su inventiva. "El que no inventa, no vive" ya ha pasado a la historia de las frases con más calado en los discursos de entrega del Cervantes.

La historia de los países no solo está formada por los políticos de turno. Chile, España y Argentina tienen tanta cultura detrás que siempre resultará más interesante profundizar en Rojas antes que en Michelle Bachelet; en Matute antes que cualquier Zapatero o Rajoy; o en Sábato antes que en cualquier Fernández de Kirchner que quiera erigirse en protagonista. Por fortuna, las desapariciones de los dos Premios Cervantes sudamericanos pueden servir para que alguna conciencia se remueva y se ponga manos a la obra para profundizar en sus libros. Menos mal que para la gente de la cultura la muerte no significa su desaparición total, sino el certificado de inmortalidad de sus obras, que siempre estarán ahí, perdonándonos el no haberlas disfrutado antes.

Pero el remordimiento no viene solo de estas noticias agridulces. Corroborar como el Día del Libro tiene mucho más tirón en Barcelona que en Madrid da envidia. Da envidia ver cómo Albert Espinosa es el gran triunfador de Sant Jordi, aprovechando el tirón de una serie que se emite en TV3, la televisión pública catalana; mientras que en la madrileña no es que no haya ninguna producción de ficción a la que asemejarla, si no que, directamente, no hay ficción en absoluto más allá de sus Telenoticias.

En el terreno de la no ficción, el libro que más triunfa en este inicio de año es Indignaos, un pequeño ensayo del francés Stephane Hessel, a colación de la desmovilización en Europa. ¿Por qué no aparece una firma española inquieta capaz de recoger este testigo? ¿Tan dormido está el ensayo español? La sociedad española, comenzando por su juventud, debería ir comenzando a tomarse este juego en serio, porque lo que nos jugamos es el futuro, cosa seria.

Rojas y Sábato ya no están; Matute pronto tampoco. Pero tiene que aparecer gente nueva capaz de inventar, capaz de hacer soñar a la gente, capaz de derrotar a golpe de verbo al mando de la televisión y contribuir a que, dentro de diez años, el panorama sea, si no blanco, al menos un poco menos oscuro de lo que es ahora.