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sábado, 1 de mayo de 2010

Segundas partes


No es que Jon Favreau haya hecho una secuela de Iron Man mala. Simplemente, se puso el listón demasiado alto con la primera entrega. Iron Man 2 es una película agradecida con el espectador palomitero que quiere ir al cine a última hora del día para olvidarse de una larga semana de trabajo, relajarse en una butaca durante 124 minutos, y disfrutar de unos efectos sonoros que se suceden a toda velocidad atropelladamente y con estrépito.

La primera media hora de película augura mucho y muy bueno. Genial la acidez del guión, que no dejaba títere con cabeza, empezando por la antipática Corea del Norte y terminando con los propios Estados Unidos. Iron Man es un personaje hecho a la medida de Robert Downey Jr. (o viceversa), lo que hace que la película sea digerida con mayor facilidad, aunque la agilidad del guión desaparece en favor de la acción pura y dura, para relajar las mentes y disfrutar con la mala leche de los mecánicos super héroes de la Marvel.

El reparto, notable. A la calidad que Downey Jr. imprime en cada una de sus películas (aunque su mejor actuación para mí siga siendo la de Tropic Thunder), se une el talento natural de Don Cheadle (Hotel Ruanda, Crash y la muy recomendable En algún lugar de la memoria), la sobriedad de Gwyneth Paltrow, infravalorada en muchas ocasiones; y el descubrimiento de Scarlett Johansson como heroína de acción, un nuevo papel para la joven actriz que saldó con muy alta nota. Lo negativo: Sam Rockwell, su caracterización en el papel de villano me recordó por momentos al nefasto papel de Jim Carrey como Enigma en Batman Forever. Mickey Rourke no alcanzó el nivel de El luchador, y el breve papel de Samuel L. Jackson basta para enganchar al público a ver Los vengadores, que se estrenará el 4 de mayo de 2012.

Cabe destacar algún guiño en la película al Capitán América, que también aparecerá en Los vengadores, así como alguna que otra banderita americana. Posiblemente éste sea uno de los recursos más en boga en Hollywood para poder subvencionar las películas sin necesidad de recurrir al Estado. Las barras y las estrellas tienen un poder desconocido para nosotros, y realmente agradan al americano medio, que sale del cine un poco más orgulloso de ser yankee, aunque siempre terminen necesitando la ayuda de Iron Man, Spider-Man, Batman, etc.

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