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miércoles, 21 de abril de 2010

En deuda


Se ha confirmado la trágica noticia para la que nos veníamos preparando desde ayer. Juan Antonio Samaranch, presidente honorífico del Comité Olímpico Internacional, ha fallecido a los 89 años. Por desgracia, en España gusta mucho el reconocimiento post-mortem, mucho más que el reconocimiento en vida, y me incluyo entre ellos. Al leer la noticia, he recordado cómo, durante la Asamblea del COI en Copenhague donde se eligió la sede de los Juegos Olímpicos de 2016, muchos nos tomamos como un gesto simpático cuando Samaranch pidió a sus colegas del COI como último favor unas nuevas Olimpiadas en su país. Nos pareció simpático porque en la memoria deportiva de España siempre ha estado Samaranch. Era una figura vital, y ninguno podía imaginarse que algún día dejaría de estar. Era eterno. El deporte español es hoy lo que es gracias, en un porcentaje amplísimo, a él.

Estamos en deuda con Samaranch. Él consiguió traer los Juegos Olímpicos a Barcelona en 1992, punto de inflexión en nuestra historia reciente. A partir de ahí, se puede considerar a España una potencia deportiva. Antes de eso, algunos oasis (el Real Madrid de las cinco Copas de Europa consecutivas, Manolo Santana o Paquito Fernández Ochoa, la plata de baloncesto de Los Angeles '84...), pero no había una continuidad de grandes deportistas españoles. Aquellos Juegos Olímpicos sirvieron para que la ciudad condal viviera una transformación bestial que la han convertido en una de las urbes más europeas que se le vienen a uno a la mente.

En 1992 nos enamoramos de Cobi y de una estirpe de deportistas españoles (Abel Antón, Pep Guardiola...) que han dado muchas tardes de alegría a nuestra sociedad. Pero la labor de Samaranch no se detuvo ahí. Mientras su semilla crecía en nuestras fronteras, dentro del COI, un mundo oscuro en el que las amistades pueden más que la valía, se hizo el auténtico amo y señor del espíritu olímpico. Su sucesor, Jacques Rogge, no puede hacer sino continuar con su magna labor, pero sabiendo que el mejor presidente que ha conocido el COI en su historia no será él, sino Samaranch.

Samaranch fue pionero en muchas cosas, y también llevó los Juegos Olímpicos por primera vez a China, donde los derechos humanos son un campo desconocido. Lo serán, y lo condenamos, sí; pero esos Juegos Olímpicos de Pekín reunieron a una constelación de deportistas como nunca antes se había juntado. Sólo en Pekín hemos visto a Michael Phelps doblegar a un mito de la natación como Mark Spitz con ocho medallas de oro, incluyendo una final agónica y polémica ante Milorad Cavic. En Pekín también estuvieron auténticos leones como Usain Bolt, riéndose de los cronómetros; Rafael Nadal sometiendo al mundo a su raqueta; o Lionel Messi guiando a una magnífica albiceleste hacia el oro.

Ahora el deporte se queda sin uno de sus mejores guías. Queda Jacques Rogge, un eficiente presidente del COI, quien algún día tendrá que dar su brazo a torcer y otorgar a Madrid esos Juegos Olímpicos que merece. También queda su hijo, Juan Antonio Samaranch Salisachs, que tiene la bonhomía de su padre, algo que ya es mucho; y quedamos los aficionados al deporte, los españoles, quienes estamos y estaremos siempre en deuda con esta gran figura de la historia de España.

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