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jueves, 22 de abril de 2010

Gracias Eyjafjalla


Dejó de ser peligrosa la nube de ceniza del volcán Eyjafjalla, uno de los volcanes islandeses (no el más grande, por cierto), que nos ha venido a recordar algunos detalles interesantes a los que habitamos en esto que los políticos llaman Europa y los ciudadanos de a pie, directamente, no entendemos.

Gracias a Eyjafjalla nos hemos dado cuenta de que en Europa no van todos a una, sino veintisiete a veintisiete diferentes. Perdón, antes que nada, a todos aquellos que critican que no hayan salido vuelos, que la nube de ceniza era inofensiva... Hay profesionales que se dedican a ese trabajo, que estudian muchísimo para valorar una serie de datos, y si han decidido que no se podía volar ha sido en favor de preservar muchas vidas. No quiero imaginar la que se hubiera formado de producirse un único accidente de avión en estos días. En ese sentido, mejor prevenir que curar. Cero accidentes, cero víctimas y muchos retrasos, pero cero víctimas, insisto.

El cielo único europeo es una utopía realmente porque en Europa eso del objetivo común son palabras que suenan a chino. Es más, se sigue utilizando el término "unión" cuando en Irlanda pasan un poco del tema siempre y cuando no se les beneficie, en España, Francia y Holanda aún nos preguntamos qué fue eso de la Constitución Europea que nos hicieron votar cuando no existía unidad (aquí por si acaso dijimos que sí, a ver qué pasaba), y directamente hay países de la Unión Europea que no se cortan en decir que no creen en la Unión Europea (República Checa). Luego nos extrañamos de que el presidente de Estados Unidos tenga mayor interés en entablar relaciones con otros países saltándose a la "Unión Europea".

PD. Cambiando de tema y entrando en el mundo del ocio, no me resisto a invitaros a todos a ver el próximo mes de septiembre el regreso de Matt LeBlanc a la televisión. El popular Joey de Friends se interpretará a sí mismo en Episodes, un remake de una serie de la BBC que consiguió un gran éxito. En tres semanas comentaré sobre la serie Karabudjan, que estoy siguiendo estos días, pero mucho va a tener que remontar para que hable bien.



PD2. Esta noche, Atlético - Liverpool. Un partido en el que cualquier apuesta es arriesgada.

miércoles, 21 de abril de 2010

En deuda


Se ha confirmado la trágica noticia para la que nos veníamos preparando desde ayer. Juan Antonio Samaranch, presidente honorífico del Comité Olímpico Internacional, ha fallecido a los 89 años. Por desgracia, en España gusta mucho el reconocimiento post-mortem, mucho más que el reconocimiento en vida, y me incluyo entre ellos. Al leer la noticia, he recordado cómo, durante la Asamblea del COI en Copenhague donde se eligió la sede de los Juegos Olímpicos de 2016, muchos nos tomamos como un gesto simpático cuando Samaranch pidió a sus colegas del COI como último favor unas nuevas Olimpiadas en su país. Nos pareció simpático porque en la memoria deportiva de España siempre ha estado Samaranch. Era una figura vital, y ninguno podía imaginarse que algún día dejaría de estar. Era eterno. El deporte español es hoy lo que es gracias, en un porcentaje amplísimo, a él.

Estamos en deuda con Samaranch. Él consiguió traer los Juegos Olímpicos a Barcelona en 1992, punto de inflexión en nuestra historia reciente. A partir de ahí, se puede considerar a España una potencia deportiva. Antes de eso, algunos oasis (el Real Madrid de las cinco Copas de Europa consecutivas, Manolo Santana o Paquito Fernández Ochoa, la plata de baloncesto de Los Angeles '84...), pero no había una continuidad de grandes deportistas españoles. Aquellos Juegos Olímpicos sirvieron para que la ciudad condal viviera una transformación bestial que la han convertido en una de las urbes más europeas que se le vienen a uno a la mente.

En 1992 nos enamoramos de Cobi y de una estirpe de deportistas españoles (Abel Antón, Pep Guardiola...) que han dado muchas tardes de alegría a nuestra sociedad. Pero la labor de Samaranch no se detuvo ahí. Mientras su semilla crecía en nuestras fronteras, dentro del COI, un mundo oscuro en el que las amistades pueden más que la valía, se hizo el auténtico amo y señor del espíritu olímpico. Su sucesor, Jacques Rogge, no puede hacer sino continuar con su magna labor, pero sabiendo que el mejor presidente que ha conocido el COI en su historia no será él, sino Samaranch.

Samaranch fue pionero en muchas cosas, y también llevó los Juegos Olímpicos por primera vez a China, donde los derechos humanos son un campo desconocido. Lo serán, y lo condenamos, sí; pero esos Juegos Olímpicos de Pekín reunieron a una constelación de deportistas como nunca antes se había juntado. Sólo en Pekín hemos visto a Michael Phelps doblegar a un mito de la natación como Mark Spitz con ocho medallas de oro, incluyendo una final agónica y polémica ante Milorad Cavic. En Pekín también estuvieron auténticos leones como Usain Bolt, riéndose de los cronómetros; Rafael Nadal sometiendo al mundo a su raqueta; o Lionel Messi guiando a una magnífica albiceleste hacia el oro.

Ahora el deporte se queda sin uno de sus mejores guías. Queda Jacques Rogge, un eficiente presidente del COI, quien algún día tendrá que dar su brazo a torcer y otorgar a Madrid esos Juegos Olímpicos que merece. También queda su hijo, Juan Antonio Samaranch Salisachs, que tiene la bonhomía de su padre, algo que ya es mucho; y quedamos los aficionados al deporte, los españoles, quienes estamos y estaremos siempre en deuda con esta gran figura de la historia de España.

martes, 6 de abril de 2010

Recuperación


Buenas tardes.

Llevo un tiempo sin poder escribir causado en gran parte por la preparación y la cobertura de la Semana Santa. Por suerte ya pasó, eso sí, no estoy aún recuperado del todo (sigo soñando con procesiones). Lamentablemente sobre esta tradición religiosa no se puede establecer debate, ya que si alguien se postula en contra es un irrespetuoso de las tradiciones españolas grabadas a fuego durante años y años. Me parece perfecto que sea una tradición, pero si se mantuviera con dinero exclusivamente privado y no con ayuda de las arcas públicas me parecería aún mejor.

En estos días tras la desconexión santa y el apagón analógico, se ha celebrado el centenario de la Gran Vía. Nos hemos quedado sin noticias en España. O eso, o la trama Gürtel nos ha anestesiado ya del todo, que también puede ser. Noticia sería que Mazinger Z apareciera en la Gran Vía destruyéndolo todo como en esta foto que me he encontrado por la red. Ah, por cierto, mañana la calle Río Esla cumple 17 años, felicitémosla también y que vengan los Reyes a hacer algo reseñable.

Entre tanta noticia bomba, me resulta complicado y doloroso decantarme por el Barcelona - Arsenal. ¿Seré un insensible pasando de las calles centenarias y prestando atención a uno de los mejores partidos de fútbol que se pueden presenciar? No importa, a las 20.45 me pondré mi camiseta del Barça y a animar a los de Guardiola, que están ante el escalón más difícil para llegar a la final de Madrid. No veo al Inter como rival peligroso, no es que estén jugando bien o mal, es que no juegan a nada, y esos equipos no merecen llegar a las finales.

Es raro que Antena 3 haya colocado el estreno de la serie Karabudjan el mismo día del partido del Barça. ¿Nadie les ha dicho que las audiencias se las lleva el fútbol? Esta serie de Hugo Silva es una de sus apuestas fuertes para la primavera (sólo seis capítulos), y no parece que su inicio vaya a ser la bomba. Bueno, por lo menos se aseguran que Marcelo lo vea, ya que a él los partidos de su máximo rival por la Liga le resbalan. Esperemos que Sergio Ramos se haya adaptado bien al apagón analógico y haya sintonizado bien su antena para ver el fútbol o Karabudjan, o lo que sea.

Por cierto, lo del apagón analógico ha sido una gran estrategia para chatarreros, la de reproductores de vídeo que se han tenido que ir a la basura funcionando perfectamente. Y todo por ver la misma bazofia televisiva multiplicada por siete.

Bueno, lo dicho, voy a rescatar del armario mi camiseta de Messi y a prepararme para el espectáculo. Pase lo que pase, de este partido saldrá el campeón de Europa, sea gunner o culé.